Altillo Estudio es una práctica de diseño con el taller en un piso alto. Trabaja entre el diseño, la cultura y el arte, y aborda cada proyecto con un proceso de colaboración muy cercano. Su trabajo abarca la dirección y el diseño de identidades, envases, libros e impresos.

Un disco doble sobre la memoria que viaja, y dos portadas que tenían que hablarse entre sí.
Partimos de una sola imagen: una luz que sube desde el horizonte y se deshace en grano. A partir de ahí, el nombre del disco se volvió el protagonista, en una letra ancha y pesada que ocupa la portada de lado a lado y se apoya sobre una caja de color encendido.
La contraportada repite el gesto con el tono apagado. Dentro, las fundas interiores guardan el mismo degradado en blanco y negro, para que el objeto se sienta como una sola pieza de principio a fin.




Una tienda de objetos hechos a mano que necesitaba una voz tan directa como su mostrador.
La identidad imita el lenguaje del recibo: filas de guiones, letras condensadas con el grano de la tinta y un horario escrito tal como se dice en voz alta. Todo se imprime en una sola tinta negra sobre papel crema.
En la tienda, el mismo sistema pasa a bolsas de papel kraft, etiquetas con cordel y cajas selladas a mano, pensadas para repetirse sin perder el tono.




Una iniciativa que da una segunda vida a las prendas, y una identidad que se ve cosida en vez de esconder la costura.
Cada prenda guarda horas de trabajo, agua y energía. Quisimos decirlo sin dramatismo: una etiqueta tejida, un hilván visible y una paleta que deja hablar a los colores de la ropa.
El sistema de envases usa papel y cordel, y las pilas de prendas dobladas se volvieron el motivo de las fotografías.


Una tienda de ropa que se reconoce por un color y un gesto: la percha de alambre.
El naranja cerrado lo llena todo: fondos, bolsas y etiquetas. Sobre él, la percha de alambre aparece sola, como un dibujo hecho con una línea. En movimiento, una tinta negra que se abre en el agua sirve de pieza para las redes de la tienda.
Las etiquetas y las tarjetas se imprimen en tinta negra sobre cartón, y las pilas de telas se fotografían de cerca, con luz de ventana.



Una bebida con cafeína que queríamos fría, brillante y un poco irreverente.
Partimos de la tapa de la lata: el primer gesto de quien abre una bebida. Fotografiada de cerca, con gotas de agua y un relieve que se adivina, se volvió el emblema de la marca.
El nombre, los colores de cada sabor y el sistema de envases comparten una misma regla: una sola palabra muy grande y un color por fruta.


Un centro donde caben conciertos, ropa y exposiciones, y un símbolo que cabe en un sello.
El símbolo dibuja una casa pequeña dentro de un círculo: un techo, una ventana y dos líneas de suelo. Se estampa con tinta irregular, como si cada copia se hubiera hecho a mano.
El sistema visual se apoya en ese sello y en un papel de periódico blanco: carteles, entradas, pulseras y bolsas lo llevan igual, con el borde de la tinta siempre un poco distinto.




Un espacio que mezcla exposición, taller y sala de conciertos, y una identidad que se toca antes de leerse.
La identidad se imprime en relieve: letras repetidas hasta formar una textura, una lámina con figura y puntos que se leen con la yema de los dedos y una huella de calzado que cuenta que alguien pasó. Sin tinta, solo presión sobre el papel.
Para lo digital llevamos esa idea al movimiento, con una tinta roja que se abre en el agua. Los afiches, la señalética y el programa se imprimen en papel grueso, con el relieve como firma.



Una línea de cremas con minerales que debía sentirse seria, cálida y fácil de reconocer en un estante.
Cada producto tiene un color propio y un tapón que lo identifica sin leer la etiqueta: gris con cobre, coral, amarillo con blanco. Los tubos son lisos para que el color mande.
El nombre y la tipografía se mantienen discretos. El resto lo hacen la luz, los materiales y una fotografía de objetos con sombras largas.


Un taller de escultura en metal y una papelería que pesa lo justo.
Tarjetas de esquinas redondeadas, gruesas como una chapa y blancas como una pieza sin pintar. Sobre ellas, un relieve discreto con el nombre del taller, sin tinta, que se lee con la luz.
Los sobres y las hojas membretadas siguen la misma lógica: papel pesado, un solo gesto y mucho vacío.


Una caja que sale de una tienda por suscripción y llega a casa con ganas de conservarse.
El cartón se queda a la vista: sin tinta de fondo, con un cierre de cinta de papel y una marca pequeña en una de las caras. Lo importante pasa adentro: el papel de seda, la tarjeta y el orden en que se descubre todo.
Pensamos la caja como un mueble pequeño: se reutiliza, se apila y no se tira.



Una perfumería pequeña que trabaja con frascos limpios y una luz que cambia de un perfume a otro.
Cada fragancia tiene su propia escena: el ámbar sobre fondo blanco, de día; el cristal sobre fondo gris oscuro, de noche. Los frascos son iguales, sin letras ni adornos, y la etiqueta es solo una franja de papel.
La dirección de arte se apoya en el contraste y el reflejo: la misma botella, otra hora del día.

Un club deportivo que abre cuando cae el sol y vive de la luz.
La identidad nace de las líneas de luz roja que dibujan la cancha: rombos, cruces y haces que se repiten. En movimiento, el mismo patrón avanza como un túnel.
La señalética usa los mismos trazos sobre fondo negro, para que se lea desde lejos y de noche.


Una marca de verano que se anuncia como quien entra a una sala: con una frase grande y una estrella.
La frase es el logotipo. Se compone en letras gruesas, con las líneas apretadas y la tipografía ocupando todo el cartel. El monograma, dos eses que se montan, lleva una estrella recortada en el cruce.
Para las prendas, las etiquetas y los carteles repiten el mismo cuadro con esquinas marcadas, como una prueba de impresión.


Un laboratorio de familia que quería parecerse a lo que hace: serio por dentro y cálido por fuera.
El frasco de vidrio azul con gotero es la pieza central: se fotografía a contraluz, con un fondo de papel y la luz del final de la tarde. La etiqueta es una franja blanca, casi médica, con una sola línea de texto.
La caja y el folleto siguen el mismo tono: papel mate, azul profundo y mucho aire.


Una vinoteca donde casi todo viene en pocas botellas, y una identidad que se escribe a mano.
Las etiquetas son una franja de papel blanco con un trazo de tinta, distinto para cada vino: una montaña, una ola, una línea. Todo lo demás se resuelve con la botella negra.
Los carteles de las noches de cata combinan una cursiva de contraste con letras condensadas en un gris azulado.


Una bebida de mate en lata que se anuncia con lo primero que se ve: su color.
El amarillo lo es todo: la lata, el fondo, el cartón de la caja de seis. Fotografiamos la tapa de cerca para que el metal brille, y dejamos la etiqueta para una sola palabra en negro.
Para los eventos, una hielera de cartón y un cartel sencillo bastan.

Un sello que publica discos, cuadernos y carteles, y una identidad que suena.
Un casete transparente, con luz roja y azul, sirve de emblema. En movimiento, los carretes giran apenas; en impreso, la imagen se corta en detalle para portadas y lomos.
El sistema editorial usa una sola retícula para discos, cuadernos y carteles.



Una marca de complementos para la rutina diaria, sin adornos y sin ruido.
El frasco es blanco, liso y lleno de aire. Las cápsulas, en tonos crema, son el único color. Todo el peso lo lleva la tapa, con un dibujo en relieve que cambia con cada producto.
El sobre de suscripción y la caja de envío completan el sistema con la misma calma.


Una casa de envíos pidió que cada carta llegara con un buen primer gesto: el sobre.
Sobres de papel de color en una paleta corta, rosa, rojo y kraft, que combinan entre sí y se leen de lejos. Los cierres, las solapas y los forros se piensan como una sola familia.
La fotografía los dispone en cuadrícula, como un mosaico de correspondencia.


Un festival de verano cuyo alfabeto se recorta, se cose y se pega.
Cada letra es de fieltro amarillo sobre una cartulina azul. Se fotografían de una en una y componen el cartel, las entradas y el programa. El borde cosido queda a la vista.
De lejos parece una tipografía; de cerca, un trabajo manual.